
Pero justo hace un año arranqué el último pétalo de esa margarita, y la respuesta fue muy clara y concisa. La respuesta era cáncer.
Justo hace un año, en este mismo momento lloraba sin parar, a escondidas, para que mis hijos no me vieran; buscaba un escondite, un lugar para mí, sólo para mí. Fue tan grande la caída que no había nada que me hiciera reaccionar. Cuando dolor me causaron esas palabras que, a la una de la tarde salían de la boca de un desconocido de bata blanca. Quise cerrar los ojos, que pasara el tiempo, pensé que comenzaría mi agonía, me aterraba dar lástima, me horrorizaba pensar que desaparecería, que mis hijos crecerían sin mi presencia, sin mis consejos y sin mis riñas.
Justo hace un año estaba tan asustado que no veía nada claro. Todas y cada una de las hojas de la margarita decían no, un no muy rotundo, muy severo, un no lleno de tortura, de sacrifico, un no vacío de esperanza.
Justo hace un año estaba equivocado, porque ha sido un paseo por todos y cada uno de los sentimientos, hasta llegar a deshojar los pétalos de la margaritas en los que la confianza, la ilusión y la magia de la vida están presentes, unos pétalos llenos de síes, de seguridad.
Hace un año que mi vida se unió a una margarita llamada cáncer, y cada vez hay más pétalos positivos. Justo hace un año que comencé a deshojar margaritas.